El viento no borraba nada. Todo quedaba grabado en las piedras.

Imaginate esto: el año es 1911. Un barco se aleja lentamente del puerto de Buenos Aires con rumbo al sur, al sur profundo, más allá de donde el mapa sigue teniendo sentido. A bordo, entre grilletes de acero que no permiten dar pasos de más de quince centímetros, viajan hombres que han perdido su nombre. Ahora son números.

El destino es el presidio de Ushuaia, la cárcel del fin del mundo. Un lugar construido a propósito en el confín del planeta para que nadie pudiera escapar, no sólo por los muros de casi medio metro de espesor, sino por algo mucho más poderoso: el Canal Beagle, los vientos antárticos, y la certeza de que no había a dónde ir.

Hoy, ese mismo edificio es uno de los museos más visitados de la Patagonia argentina. Y dentro de sus pasillos helados, los fantasmas siguen contando sus historias.

Esta es la de algunos de ellos.

presidio de ushuaia

La cárcel de Ushuaia: Una idea del Estado, construida por sus propias víctimas

La cárcel de Ushuaia —también llamada presidio del fin del mundo— comenzó a funcionar en 1902, aunque la idea de poblar la Tierra del Fuego usando mano de obra carcelaria venía gestándose desde finales del siglo XIX. La lógica era brutal en su simpleza: si nadie quería vivir en ese lugar helado y remoto, que lo habiten los que no tienen elección.

Los presos eran traídos en barco desde Buenos Aires, con grilletes en los tobillos, custodiados por militares. Muchos llegaban sin entender bien adónde iban. Lo que encontraban era un edificio en forma de abanico, con cinco alas que convergían en un patio central desde donde los guardias controlaban todos los movimientos. Las celdas, pequeñas y frías, separaban a cada hombre del mundo con un sonido inconfundible: el cerrojo.

«Todavía siento en mis oídos el ruido del cerrojo cuando cerraron la puerta de la celda. Esa noche no dormí. Solo caminaba y lloraba recordando a mi madre», diría años después un exprisionero.

La cárcel de Ushuaia se ganó rápidamente su apodo de «la Siberia criolla». No exageraban.

Ricardo Rojas: El escritor que encontró luz en la oscuridad del fin del mundo

No todos los que pasaron por Ushuaia eran criminales.

Durante la llamada Década Infame —los años treinta del siglo XX, marcados por fraude electoral y represión política— el gobierno envió a intelectuales y líderes radicales al confín del mundo, no exactamente presos, pero sí confinados. Obligados a vivir en Ushuaia sin posibilidad de volver.

Entre ellos estaba Ricardo Rojas: escritor, ex decano de la Facultad de Filosofía y Letras, ex rector de la Universidad de Buenos Aires. Un hombre de libros en el lugar más inhóspito del continente.

Pero Rojas no se rindió. Mientras el viento austral golpeaba las ventanas, escribió. Y lo que nació de ese exilio fue Archipiélago, un ensayo fascinante en el que cuestionó la visión evolucionista de Charles Darwin sobre los pueblos originarios fueguinos. Donde Darwin había visto «salvajes», Rojas comprendió que los yaganes y los selk’nam (onas) eran portadores de una cultura milenaria de valor incalculable —una cultura que la llamada «civilización» occidental estaba exterminando en nombre del progreso.

El confinamiento no aplastó a Rojas. Lo hizo más lúcido.

Simón Radowitzky: El anarquista que casi se escapó del fin del mundo

Pocas historias del presidio de Ushuaia tienen la densidad dramática de la de Simón Radowitzky.

Era ucraniano, joven, y tenía convicciones que lo consumían. El 14 de noviembre de 1909, mientras el jefe de policía Ramón Lorenzo Falcón regresaba de un entierro en el cementerio de la Recoleta, Radowitzky arrojó desde la vereda un explosivo casero. El atentado mató a Falcón y a su secretario.

Lo detuvieron. Durante el juicio, un detalle cambió su destino: alguien presentó su partida de nacimiento, que probaba que tenía dieciocho años al momento del crimen. Era menor de edad. La pena de muerte se convirtió en reclusión perpetua, con un añadido cruento: cada año, en el aniversario del atentado, debía cumplir veinte días en celda solitaria, a oscuras, a pan y agua.

Lo enviaron a la cárcel de Ushuaia presos famosos ya había varios, pero ninguno cargaba con esa condena anual.

Y entonces, en 1918, Radowitzky hizo lo que parecía imposible.

Usando retazos de tela vieja, cosió en secreto un uniforme de guardiacárcel. Con la ayuda de la red anarquista, logró salir del penal disfrazado y escapar en un pequeño bote a motor hacia el Canal Beagle. La fuga duró cuatro/cinco días. La policía chilena lo capturó en Punta Arenas y lo devolvió sin trámite de extradición —tan asustados estaban de que su presencia encendiera a los trabajadores chilenos.

Años después, en 1924, un compañero anarquista llamado Miguel Arcángel Roscigna fue más lejos: se infiltró como guardiacárcel real dentro del presidio para organizar una segunda fuga. Tenía todo planificado. Pero alguien habló en el Congreso, la policía investigó, y Roscigna fue expulsado. El plan se frustró.

Radowitzky pasó 21 años de prisión en Ushuaia. Fue indultado recién en 1930 por el presidente Hipólito Yrigoyen.

El Petiso Orejudo: La sombra más oscura de la cárcel del fin del mundo

Si hay un nombre que condensa todo el horror que podía albergar la ushuaia carcel del fin del mundo, ese es el de Cayetano Santos Godino, conocido por la prensa y el terror popular como El Petiso Orejudo.

Hijo de inmigrantes italianos, Godino comenzó a matar niños siendo él mismo casi un niño. Fue condenado por el asesinato de cuatro menores y acusado de otras siete tentativas de homicidio e incendios intencionales. Tenía dieciséis años cuando lo atraparon. Confesó sin remordimiento. No tenía móvil conocido. Simplemente disfrutaba.

Los médicos de la época lo declararon alienado mental —»imbecilidad incurable con impulso consciente»—, y lo enviaron primero al Hospicio de Las Mercedes, donde siguió atacando pacientes. En 1923, la decisión fue definitiva: el presidio de Ushuaia.

Pasó allí casi treinta años. Fue sistemáticamente torturado. En 1927, en un acto que mezcla pseudociencia y sadismo puro, los médicos del penal le cortaron las orejas —creían que su maldad emanaba de su tamaño.

Godino murió en la cárcel en 1944. Las circunstancias nunca quedaron del todo claras. La versión oficial habla de una golpiza de otros presos. Hay quienes apuntan a los propios guardias. Murió tres años antes del cierre definitivo del penal, llevándose sus secretos.

Mateo Banks: El Místico de Azul que nadie quería recordar

Mateo Banks era chacarero. De familia de origen irlandés, criado en la localidad de Azul, provincia de Buenos Aires, en tierras de estancias y silencio pampeano. Nadie hubiera pensado que acabaría en la cárcel de Ushuaia.

Pero en 1922, Banks mató a ocho personas: tres hermanos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones. Todo para apoderarse de las estancias familiares. El crimen fue calculado y brutal.

Dentro del presidio, los guardias y presos lo apodaron El Místico: permanecía horas en silencio, con mirada perdida, como si habitara otro lugar. Siempre proclamó su inocencia. Nadie le creyó del todo. Nadie del todo lo desmintió tampoco.

Su historia quedó sepultada bajo el peso de figuras más mediáticas, pero su celda en el museo sigue ahí, muda y fría, como él.

La Leyenda de Gardel: ¿El Zorzal cantó entre rejas en el Fin del Mundo?

Y entonces llegamos a la historia que nadie puede confirmar del todo, pero que nadie se anima a descartar por completo.

¿Estuvo Carlos Gardel preso en el presidio de Ushuaia?

La leyenda dice que sí. Dice que entre 1905 y 1907, siendo apenas un muchacho de catorce o quince años conocido como Carlos Gardés, el futuro Zorzal Criollo habría cumplido condena en esta cárcel del fin del mundo. Las versiones del motivo varían: un lío de mujeres y política, haber actuado de «campana» en un tiroteo, ser reincidente bajo la Ley de Reincidencia.

La historia se volvió más concreta en 1969, cuando la revista Todo es Historia publicó el testimonio de Eduardo Villanueva, un recluso político que aseguró haber compartido el viaje de regreso a Buenos Aires, en el vapor SS Chaco, con un joven y simpático cantor que animaba las reuniones con su voz y su guitarra. Más tarde, Villanueva presentó una fotografía con una dedicatoria firmada, entre otros, con lo que parecía ser el nombre de Gardel.

El propio Museo del Presidio dedica una celda a esta historia: en su interior hay un dibujo de Gardel sonriente, un retrato en la pared, y un texto que recoge la leyenda sin afirmar ni negar.

Porque, en efecto, no hay prontuario oficial. Los registros del penal de Ushuaia no aparecen. Investigadores especializados en Gardel señalan que en esa época él aún firmaba como Gardes, no Gardel, y que su caligrafía no coincide con la de la famosa postal. La ausencia de documentos, argumentan, no prueba nada: los expedientes de todos los presos de esa época se perdieron.

¿Mito o verdad? Quizás lo más honesto es quedarse con la imagen: un joven de voz extraordinaria, encerrado en el confín del mundo, cantando tangos entre el ruido del viento y el cerrojo. Si eso fue real o no, el presidio no lo dice. Pero tampoco lo niega.

«Si se buscan en los archivos prontuarios y sentencias, nada se puede encontrar», escribe el historiador Carlos Pedro Vairo en su libro sobre el presidio. «Pero son muchos los que están convencidos de que la historia es cierta.»

Y en Ushuaia, como en el tango, la leyenda a veces vale más que el documento.

El cierre: Perón bajó el telón en 1947

El presidio del fin del mundo cerró sus puertas el 21 de marzo de 1947, por decreto del presidente Juan Domingo Perón —el decreto 7757. Los edificios pasaron a la Armada Argentina, que los usó como depósitos y cuarteles.

En 1994, el espacio fue transformado en lo que hoy se conoce como el Museo Marítimo y Museo del Presidio de Ushuaia, declarado Monumento Histórico Nacional por el Congreso en 1997.

Hoy, los turistas caminan por esos pasillos que huelen a historia, se asoman a las celdas, leen las cartas que los presos escribieron a sus familias, y tocan los grilletes originales con los que marchaban a trabajar en los bosques. El pabellón histórico permanece intacto, congelado en el tiempo, como si los hombres que lo habitaron acabaran de salir.

Porque de alguna manera, nunca se fueron del todo.

¿Querés conocer el Presidio de Ushuaia en persona?

Si esta historia te atrapó, imaginate caminar por sus pasillos vos mismo. Visitar el Museo del Presidio es una de las experiencias culturales más intensas que ofrece Ushuaia —y se combina perfectamente con otras actividades en la ciudad.

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Datos prácticos: Museo del Presidio de Ushuaia

Dirección Yaganes 119, Ushuaia, Tierra del Fuego
Horario Todos los días del año, de 10 a 20 h
Teléfono (2901) 43-7481
Declarado Monumento Histórico Nacional (1997)